Así titulaba el crítico Jonathan Mallada su crónica del concierto de la banda «Ciudad de Oviedo» del pasado 22 de marzo: Las dos piezas de Azael Tormo comparten algunos rasgos compositivos que buscan conjugar cierto misticismo arcaico con un aire trascendental característico de las temáticas mitológicas que evoca. Así se pudo demostrar en «Elantris, la ciudad de los dioses», obra que requiere de una gran plantilla y una amplia sección de percusión para extraer todas las posibilidades dramáticas y expresivas que encierra, por momentos, la partitura. Los graves de la formación ovetense lucieron compactos y aportaron la profundidad necesaria a la ejecución, con algunos pasajes de gran cuidado interpretativo –como la marcha que se inserta en los pasajes centrales–, aportando cierto relieve gracias al manejo de las texturas y a la aplicación de algunas dinámicas que revistieron de mayor interés la interpretación.

La segunda obra del programa, también del valenciano Azael Tormo, era un estreno absoluto dedicado precisamente a la banda ovetense y a su director, David Colado. «Astur, el espíritu de las montañas» es un poema sinfónico inspirado en la mitología asturiana, que revela el oficio compositivo de Tormo a la hora de desdibujar armonía y melodías para sugerir la nebulosa atmósfera del primer movimiento. También se recurre a los metales y la percusión en algunos fragmentos trepidantes que desembocan, abruptamente, en unas melodías repletas de lirismo muy bien delineadas por la concertino Erica Carretero. No obstante, subyace ese poso arcaizante que se adivina en la utilización de cuernos, en algunos giros melódicos o incluso en una pequeña entonación de los músicos de la banda que configura un ambiente primario y ritual muy efectista. La banda lució un color muy atractivo y sugerente, con unas flautas exquisitas, unos trombones muy poderosos y las diferentes secciones bien cohesionadas y certeras en cada ataque.